lunes, 3 de octubre de 2016

María de Lourdes Curioca
Jimena Prado Torres

El familiar aroma de los nardos


Había decidido despertarse muy temprano esa mañana, quería empezar a organizar varias cosas, ya no podía estar más en la cama. Sólo había dormido unas cuantas horas pero su cuerpo parecía listo para ponerse en acción. Se preparó un café muy cargado y mientras sujetaba la taza con las dos manos el vapor del café le llegó al rostro y le hizo cerrar los ojos lentamente. Estaba muy nerviosa, lo sabía, y ese café la iba a poner más de los nervios, lo sabía también. Cuando se metió a la ducha, abrió la llave del agua caliente hasta el tope; el cuarto se convirtió rápidamente en un sauna mientras ella iba perdiendo sus propias facciones frente al espejo, había tanto que quería decir pero no estaba segura de cómo. Era experta en encontrar las palabras correctas cuando el otro ya se había ido. Entró bajo el chorro hirviendo del agua y disfrutó el ardor en su piel, entre el vapor se podía ver cómo sus pies se iban tornando rojos del calor, pero no los quitó, no los quitó hasta que empezaron a arder; pensó que es así como se sentía, no tenía el valor de moverse de lugar hasta que sintiera que algo le ardía de verdad.

Salió a comprar pan fresco y flores frescas, necesitaba esa sensación en el ambiente y de camino a la tienda fue repasando mentalmente lo mucho que había cambiado desde la última vez que lo vio, las manías que había dejado y la seguridad que supuestamente había adquirido. No podía permitirseº1 flaquear esta vez. 

De regreso a su casa, sintió cómo las paredes se hacían chicas y se empezó a sentir oprimida, el espacio se reducía lentamente, corrió a abrir las ventanas, sacó la cabeza por una de ellas y se quedó apoyada sobre el barandal del balcón, con la cabeza de fuera, mirando fijamente el globo amarillo de un niño que pasaba con su madre de la mano. Debía de enderezarse, no sólo el cuerpo, la mente, el alma, el temple, la presencia, tenía que verse mejor que nunca antes de que la puerta se abriera aquella tarde y volviera a mirarlo de frente. Colocó las flores en un jarrón transparente, vio el agua burbujear mientras se apilaba cristalina en el fondo del florero y el olor de los nardos le recordó que no tenía nada que temer, que las flores nacían, eran arrancadas, pero aún después de muertas seguían desprendiendo su propio aroma. 


Se vistió con un vestido rojo que había dejado colgado detrás de la puerta de su habitación, había leído que el rojo transmitía seguridad y pasión, le pareció ideal la combinación. Cuando la puerta sonó ella ya estaba sentada en el sillón de la sala, mirando al frente, con las manos sobre las rodillas, esperando el pitido chirriante del timbre. Sonó. El timbre sonó y hasta tardó en reconocer que estaba sonando. Se restregó el sudor de las manos en el vestido y caminó suavemente hacia la puerta. Cuando la abrió, levantó la cara; parece que todo se difuminó a su alrededor y sólo pudo ver la mano de él acomodándose un mechón de pelo detrás de la oreja opuesta a la mano con que lo estaba haciendo, como siempre. Tal y como siempre lo había hecho. Ese segundo duró un momento infinito. El olor de los nardos lo envolvía todo.

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