Alexa Pérez Díaz
Huevos al gusto
Desperté. abrí los ojos con lentitud, un desasosiego penetro en mi , brinque exaltada mientras rápidamente volteaba hacia todas las direcciones posibles para lograr ver en qué estación del tren me encontraba. ¡mala mi suerte! -pensé, el tren ya se había pasado por mucho del destino deseado; últimamente siempre me pasa, he desarrollo esa habilidad incontrolable de caer rendida en todos lados, sueño en el tren, sueño en la fila del banco, sueño en el baño, incluso sueño en esa pequeña distancia que llega a formarse entre la señorita de la caja y yo mientras espero el poder pagar mi latte, ese café con peculiar sabor a la rutina de todos los días . Caigo rendida en todos lados, excepto en mi propio lecho , esas agradables cobijas en donde debería descansar.
Esos pequeños sueños , siestas repentinas, acabarán conmigo poco poco, con esa lentitud tormentosa y prácticamente inigualable a la de cualquier otro acontecimiento que venga a mi mente para poder describir. Lo único que se me ocurre es el poder compararme con mi desagradable desayuno, habitual , inmutable, adherido a mi rutina… Esos aque suelo desayunar hacen equivalencia a está sensación de no poder descansar.
Pues bien, aunque tal vez no sea de interés se los describiré. Primero abro el refrigerador. Al igual que todas las mañanas hago una minuciosa inspección para intentar encontrar algo diferente a esos huevos habituales y hago la misma expresión de sorpresa al notar que lo único que logre encontrar, fue esté alimento tan blanco o en algunas ocasiones tan rosa como duraznos. Ni siquiera sé por qué sigo haciendo esto, soy la única habitante de este departamento evidentemente si yo no adhiero algo diferente a mi cocina o a mi refrigerador nadie más lo hará, soy la única, a excepción de mi pez, el pequeño y dorado Maní. ¡Qué amor! ¡Qué maravillosa criatura! solo nada, solo mueve su pequeña aleta; de aquí a allá, de aquí a allá, tan frágil, tan feliz, tan misterioso.
Al encontrarme con la ingrata no sorpresa de que solo hay huevos como siempre, los saco con decepción, vaya … Los he cocinado de todas las maneras posibles, tibios, estrellados, revueltos, hervidos, aun sigo sin entender como es que este mismo alimento logra tener tantas texturas y sabores diferentes.
Los retiro del Refrigerador y viene a mi mente un pequeño motín, una pequeña revolución la cual es ocasionada por la duda de no saber de qué forma cocinarlos;
Aun pareciendo un alimento tan simple, logra ocasionar en mi esa angustia de tomar una, aunque sencilla, pero importante decisión la cual repercutirá en el resto de mi día.
Logro decidir de qué forma cocinarlos, en este caso les ejemplificare el huevo hervido.
Así me siento, como un huevo Hervido. Al cocinarlo ignoro si esté ya venía fecundado, si en el se encontraba un pequeño ser al cual yo cruelmente asesinare, con una muerte tormentosa, lenta, silenciosa. Sí estoy segura que a pesar de que el huevo viniese engendrado, el ser no sentiría nada, sin embargo así es como lo imagino cada mañana.
Busco una hoya, enciendo la estufa, pongo a hervir el agua. Rápidamente agarro mi huevo y lo sumerjo en su lenta y segura destrucción, este pudo haber sido un pequeño y grandioso ser vivo, sin embargo lentamente empiezo a destruir todas sus posibilidades , su interior empieza a endurecer hasta acabar con su núcleo.
Así me encuentro yo, estoy en una cocción constante debido a la no ruptura de mi cotidianidad, lo peor es que logro darme cuenta y aun sigo en el mismo entorno.
Este ser vivo fallido, pasa a ser una fuente de nutrientes para mi confuso ser.
Creo que empiezo a sonar muy abrumadora y esté no es el punto aquí.
Saco mi huevo cuidadosamente de la hoya, lo coloco en un plato, cualquier recipiente que pueda ser útil, si no fuera tan pulcra incluso lo colocaría sobre ese trapo mojado que siempre se encuentra en la esquina de la estufa.
Le quito el cascaron lentamente, el cual ya está fraccionado, retiro cada una de sus partes tan minuciosamente, como si debajo de esas delicadezas se encontrara alguna respuesta a mi aparente falta de sueños, a mi evidente rutina. No encuentro nada.
Resignada, lo como. Pero no de una forma caprichosa o desagradable. Disfruto el sabor, el olor, me nutre, me revive, pero aun así siento que falta algo.
Termino de desayunar, me doy cuenta que me gusta, así es cómo personifico mi sentir, a pesar de todos los pensamientos que aparecen en el transcurso de la
preparación de mi desayuno, el resultado me gusta y lo disfruto. Pero sigue presente ese pequeño huequito el cuál no permite dormir.
Transcurre mi día, como siempre caigo rendida en todo lados, en el aparador, la oficina, la mesa, el baño. Vuelo, imagino, lloro, cuestiono … Llego a mi casa, me meto en mis enredones; ese pequeño huequito no me deja dormir.
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